Tania Adam – Barcelona | Los lugares son como las personas: complejos y cambiantes. Nos atrapan por sus historias, estética o por la cultura que los envuelve. Nos encandilan por sus olores, su comida o por su elegancia. Con ellos podemos entablar una relación de amistad superficial o llegar a tener un romance. Podemos llegar odiarlos hasta el punto de huir, o simplemente estar porque es donde hemos estado toda la vida. Pueden suceder mil y una situaciones como en cualquier relación de amistad (o de amor). Para bien o para mal, nos enganchamos a los lugares (al igual que a las relaciones), a través de vínculos íntimos condicionados por nuestra educación, clase social, por nuestras habilidades de convivencia o necesidades de supervivencia.

No me cabe la menor duda de que si tuviéramos capacidad para ello, podríamos tener tantos amigos como personas conocidas. También podríamos estar conectados con tantos lugares como quisiéramos; nuestra esencia no deja de ser nómada aunque nos hayamos convertido en sedentarios. Pero para “protegernos” (no sé de qué) establecemos límites y acostumbramos a construir barreras físicas y emocionales que nos alejan de las personas y de los lugares. Brigitte Vasallo, en su artículo “Abrir amores, ¿cerrar fronteras?” refleja esta articulación y se refiere a ello como una forma raciocinio: lo llama el “pensamiento monógamo”. Para ella esta forma de pensar se caracteriza por levantar fronteras físicas y emocionales por pánico “al otro”, una alteridad que no solo toma forma con las personas (en nuestras relaciones de amistad y amor), sino que desde mi punto de vista, también toma forma de lugar.

Las fronteras, sean físicas o emocionales, producen lejanía. Y he de reconocer que en mi imaginario El Magreb (Marruecos, Argelia, Libia, Túnez, Mauritania y Sahara Occidental) y Egipto, a pesar de ser países africanos, forman parte de esos lugares lejanos (y un tanto estereotipados). Probablemente haya establecido límites que han levantado fronteras emocionales a la hora de encararlos, que van más allá de los límites establecidos por el desierto. Reconozco entonces que tiendo a relegar lo que pasa en el norte del continente. Sin embargo, dicha distancia no es una cuestión de desprecio, ni mucho menos de miedo a la “alteridad”, sino que es una falta de sintonía y una incapacidad de abarcar todo un mundo desconocido. Porque el fondo, el Magreb no deja de ser la “otra África”: una África con población mayoritariamente árabe y musulmana, en la cuál el legado europeo, africano y arábico proveen a sus ciudadanos con identidades muy dispares. Javier Mantecón, en su artículo de Afribuku ¿Por qué no consideramos el Magreb y Egipto como parte de África?, expone una serie de razones históricas y de poder que distancian del imaginario africano a esta región bañada por el Mediterráneo, el Atlántico, el desierto, y situada a apenas unas decenas de kilómetros de España.

En Radio Africa Magazine queremos empezar a acercarnos a esta parte tan desconocida (para nosotros) como rica. Creemos que ya a va siendo hora. Por ello hemos decidido dedicar el mes de noviembre a indagar culturalmente la zona. Este es un primer acercamiento, una manera de romper las barrera con intención de forjar una amistad con el lugar, y por eso nos interesa iniciar esta aventura abriendo una serie de cuestiones que quizás ni siquiera sean relevantes (para los habitantes de la zona), pero como siempre, hay que empezar por algún sitio:¿las personas de esta región (y su diáspora) se sienten africanas? ¿Dónde está el detonante de ese sentimiento de lejanía? ¿Qué es sentirse africano? O ¿porqué la identidad se tiene que asociar a un territorio físico? Las respuestas las podremos encontrar en reflexiones visuales de Zararia Wakrim, en su trabajo entorno al desierto, tan presente en su identidad hispano-marroquí; un desierto que con el tiempo ha ido perdiendo protagonismo como espacio de intercambio para convertirse precisamente sólo en una frontera. Marta Vallejo, nos llevará a Alejandría, un lugar lejano y un tanto exótico para muchos, y nos retratará la ciudad del s.XXI. El Dj y selector Cheb Lila, nos teletransportará a toda la región a través de sus sonidos contemporáneos. Clara Nuñez presentará la obra cinematográfrica de la tunecina Leila Bouzid. Mireia Estrada, fundadora de Jiwar Creació i Societat, nos acercará a la argelina Assia Djebar. Sarah Ardite hará un recorrido por la danza a través de coreógrafos, bailarines y fotógrafos de danza y movimientos artísticos alternativos contemporáneos en Egipto, Túnez, Argelia y Marruecos. Y Salma reflexionará sobre el hecho de ser “mora” en España. Bienvenidos al mes de Noviembre con “Esto no es África”.

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